Cuando un niño recibe una educación basada en los principios cristianos, obtiene mucho más que escolarización: obtiene esperanza, identidad y una base para transformar su comunidad.
Cuando los estudiantes descubren su verdadera identidad en Cristo, acceden a una libertad y una confianza que ninguna circunstancia puede arrebatarles. Ya no definidos por la pobreza, el miedo o las limitaciones, comienzan a verse a sí mismos como hijos amados de Dios: capaces, talentosos y creados con un propósito único.
Pero la identidad debe cultivarse, y aquí es donde el discipulado se vuelve esencial. A través de la guía de mentores y maestros que los acompañan en la fe, los estudiantes aprenden a vivir esta identidad diariamente: en el aula, en casa y en sus comunidades.
El discipulado moldea su carácter, profundiza su relación con Dios y les brinda la sabiduría necesaria para afrontar los desafíos de la vida. Juntos, la identidad en Cristo y el discipulado intencional transforman no solo la autoimagen de los estudiantes, sino también su influencia en el mundo que los rodea. Esta combinación da lugar a una generación de líderes arraigados en la verdad, que viven con valentía y portan una esperanza que genera un cambio duradero en sus comunidades y más allá.

